Desde hace poco más de un año como humanidad hemos aprendido una gran cantidad de lecciones como consecuencia de la pandemia que estamos viviendo. Con algunas de estas lecciones nos hemos sorprendido, ya que pensábamos que ya las teníamos superadas, pero sin duda la pandemia nos las ha puesto desde diferente perspectiva, otras ya las teníamos consideradas, pero hoy toman mucha más importancia por lo que podrían incidir en nuestro futuro.

El concepto más relevante es el de la solidaridad. No hemos entendido que el bienestar de todos quienes están a nuestro alrededor incide directamente en nuestro propio bienestar y hemos estado dispuestos a contribuir desde nuestras trincheras, con nuestras habilidades y con las herramientas que contamos a que eso ocurra. Con ello se ha impulsado la creatividad, hemos interiorizado lo vulnerables que somos como individuos y que la recuperación tanto sanitaria como económica depende de todos.

Con ayuda de la tecnología aprendimos en poco tiempo cómo organizarnos y poder reinventar la nueva cotidianidad y poder continuar con nuestras actividades laborales y educativas. Y en este punto es cuando nos dimos cuenta de que como sociedad estamos debiendo mucho ya que la tecnología no pudo llegar a todos. En algunos casos por no tener cobertura, no contar con un acceso de calidad asequible o bien por no contar con las herramientas adecuadas y el conocimiento para utilizarlas, en otras palabras, no hemos sido capaces de reducir la brecha digital.

Desde la perspectiva de desarrollo, desde hace muchos años las tecnologías digitales nos ofrecen soluciones para sobrellevar esta problemática, los organismos internacionales nos han estado acompañando y asesorando en este sentido y la cooperación internacional, la banca de desarrollo y el sector privado han estado promoviendo el desarrollo de la infraestructura digital para el cierre de la brecha. Incluso muchos países han establecido Fondos de Acceso Universal y planes para la inclusión social para atender las zonas menos favorecidas y vulnerables.

Hoy más que nunca entendemos la importancia del desarrollo de políticas públicas y regulatorias como herramientas hacia la igualdad, la inclusión social digital y lo que éstas puede aportar a la recuperación económica.  

La solidaridad en un sentido digital implica que entre más población acceda en forma productiva a las tecnologías digitales, mejor estaremos como sociedades y países. 

Sin embargo, en América Latina estamos rezagados con respecto a otras regiones del mundo tal y como lo demuestran diversos índices internacionales.  

De hecho, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en términos de pobreza y pobreza extrema nuestra región ha retrocedido notablemente y se han incrementado las brechas territoriales entre lo urbano y lo rural, lo cual hace que la brecha digital también crezca.   

¿Que nos falta, entonces? Esta problemática enfrenta una gran cantidad de retos y oportunidades. El primer paso para resolverlo pareciera que va más allá de todos los esfuerzos que hoy se están realizando. Nos falta liderazgo político, los países que han avanzado más han contado con un liderazgo del más alto nivel político, con una visión a corto y mediano y largo plazos.

Nos faltan políticas públicas digitales de Estado coherentes con todos los sectores y el compromiso de que sean sostenibles en el tiempo. Nos falta pensar en el mañana, las próximas generaciones merecen un mundo mejor y lo tenemos todo servido.

Está demostrado que las tecnologías digitales son una importante herramienta para hacerlo, pero nos falta que los responsables de tomar estas decisiones se concienticen de la oportunidad y conveniencia de hacerlo.

Nos falta que los líderes de nuestros países a nivel del Poder Ejecutivo y Legislativo, inclusive de gobiernos locales, incluyan en forma prioritaria en sus agendas la inclusión social digital. Nos falta pasar de la solidaridad a la voluntad política.

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