La disrupción en las industrias se ha convertido en un reto permanente, los modelos de negocio son desafiados de forma constante por esquemas innovadores que generan cambios en el entorno y provocan ajustes, reacciones o estrategias defensivas que, la mayoría de las veces, deben ser ejecutadas a paso forzado para evitar la desaparición.

Esta dinámica no va a cambiar, sino que tiende a intensificarse. Según Accenture en una encuesta realizada a 10 mil compañías, 71 por ciento se encuentran a punto de enfrentar una disrupción significativa en su giro de negocio, exponiendo un total de 41 trillones de dólares de valor de mercado.

La innovación representa una oportunidad para ofrecer nuevas soluciones a los usuarios, y a la vez supone un reto para los reguladores. En el campo de la economía, la regulación busca la eficiencia de los mercados y la intervención estatal se justifica por desequilibrios o fallas que deben ser resueltas, en la búsqueda del bienestar social general.

La actividad regulatoria es clave en un entorno donde la confianza y la seguridad de consumidores e inversores descansan en un sistema de pesos y contrapesos. Ahora bien, en el actual contexto de constantes y profundos cambios en la dinámica de los mercados, es necesario cuestionarse cómo interactúan la regulación y la innovación.

La primera dicotomía es el ritmo de evolución. La regulación, en buena parte anclada a legislación promulgada hace varias décadas, se ha caracterizado por ser pausada y metódica. La recolección de la evidencia, su análisis, la elaboración de la propuesta regulatoria, su puesta en consulta y aprobación toma tiempo y tendrá efecto, una vez emitida, únicamente en aquellos sujetos que, en su mayoría por autorización previa, caen en su ámbito de control.

Por otra parte, las innovaciones tecnológicas disruptivas cambian el panorama competitivo de forma mucho más acelerada; tal es el caso de WhatsApp que, en menos de 10 años desde su lanzamiento, llegó a tener mil 500 millones de usuarios. La flexibilidad será sinónimo de efectividad.

Por supuesto, la regulación no debe detener o ralentizar la innovación, se corre el gran riesgo es estar regulando con la vista puesta en el espejo retrovisor y frenar soluciones que pueden impulsar el crecimiento económico y el bienestar social.

Por ello, lo que necesitamos es un proceso disruptivo de la propia regulación para enfrentar de forma innovadora los cambios tecnológicos de altísimo impacto que están en el presente y en el horizonte cercano. La nueva regulación inteligente debe acelerar el paso, incluida la construcción a todos los actores del ecosistema, rompiendo el paradigma del regulador autócrata antiguo y su formato de comando y control, para convertirlo en un co-creador de instrumentos regulatorios de nueva generación basada en el consenso, la auto regulación y los códigos de buenas prácticas.

Esta idea es ya hoy una posición consolidada en los reguladores de telecomunicaciones. Desde el Simposio Mundial de Reguladores de 2018, se propone que en aras de fomentar la realización del potencial de las tecnologías emergentes, habrá que adherirse a un paradigma normativo que establezca marcos políticos y reglamentarios favorables y habilitadores de la transformación digital, procurando enfoques políticos y reglamentarios flexibles, livianos, multisectoriales, prospectivos, neutrales y transparentes.

El reto pasa por hacer efectivo este cambio en el modo de trabajo del regulador, lo que requerirá una integración con muchas partes interesadas.

La experimentación estructurada, que procura la interacción temprana y cercana con los productos y servicios digitales innovadores para generar reglas flexibles y efectivas, ha sido uno de los elementos innovadores más utilizados por los reguladores a la hora de aplicar innovación en sus procesos, manteniendo sus principios orientadores, pero cambiando el enfoque y la forma de producir los resultados. Estos areneros regulatorios, pueden tener dos enfoques, uno es la convocatoria a los actores del mercado para presentar proyectos innovadores que desafíen -o sobre los que no apliquen regulaciones existentes- dentro un entorno controlado, para que a través de una especie de moratoria se determine si el proyecto cumple con los principios establecidos; como resultado, se obtiene que la regulación se adapte al servicio o producto y no al contrario como tradicionalmente se ha hecho. Cabe mencionar que, en nuestra región, la Comisión de Regulación de las Comunicaciones (CRC) de Colombia, en su último Taller de Regulación TIC, anunció su primer arenero regulatorio.

El otro enfoque es más bien un invernadero donde se generen entornos de prueba de nuevas tecnologías para que alrededor de estos bancos de pruebas o testbed broten productos y servicios innovadores que se basan en estas tecnologías. Tal es el caso del 5G testbed en Madrid.

Los reguladores sectoriales podrían incorporarse como observadores a este nuevo ecosistema y con los insumos que recibe determinarían si es necesario regular o no la tecnología, y de ser necesario, qué tipo de regulación debería ser aplicada para impulsar la innovación y la masificación de uso.

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