El reto de la inclusión y la frontera digital

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Es necesario, incluso obligado, recordar el papel de cientos de mujeres que participaron con su trabajo en el inicio de las telecomunicaciones. Los usuarios del servicio telefónico, de fines del siglo XIX y hasta incluso la primera mitad del siglo XX, eran asistidos por una operadora para solicitar la llamada al número deseado, fuera local o de larga distancia.

Las operadoras eran las responsables de manejar los “switches” que hacían posible terminar la llamada en el número de destino y su servicio incluso llegaba a ser personalizado, incorporando el servicio de mensajes, despertador, conexión con servicios de emergencia y localización de personas. A cada operadora le eran asignados entre 50 y 100 usuarios, lo que facilitaba la relación con cada usuario.

La primera operadora fue Emma Nutt, contratada en Boston en 1878; a partir de ahí esta función fue encomendada a mujeres, dado que eran por mucho más amables, pacientes, rápidas y confiables que los hombres como operadores telefónicos, tal y como lo documentó en su reporte el Buro de Censos de Estados Unidos en 1902. A mediados del siglo XX en Estados Unidos había cerca de 342 mil operadoras en activo.[1]

Los primeros “switchboards” mecánicos o electromecánicos, que gradualmente sustituirían a las operadoras, se empezaron a instalar en 1892 en Indiana, Estados Unidos, 16 años después de la patente del teléfono de Alexander Graham Bell. Fue hasta 1921 que Bell tuvo el primer sistema automatizado que conmutaba llamadas a números de las redes telefónicas de operadores independientes.

Los “switchboards” automáticos fueron adoptados primero por las redes telefónicas independientes que eran de relativamente mucho menor tamaño, antes que por Bell (que posteriormente sería AT&T), y que operaba principalmente en las grandes ciudades. Lo anterior se atribuye a que tales sistemas automáticos de conmutación no exhibían economías de escala ante el crecimiento de las conexiones por el efecto de red.

Es decir, dado que el efecto de red hace que el número de conexiones crezca exponencialmente mientras que los mecanismos electromecánicos tenían una capacidad fija y, por lo tanto, sus economías de escala eran limitadas, eran equipos incapaces de enfrentar un crecimiento de conexiones exponencial, por lo que tenían que ser sustituidos con equipos de mayor capacidad con cada vez mayor frecuencia.

De la conmutación electromecánica se migró a la electrónica y de ésta a la digital la tecnología capaz de generar las economías a escala necesarias para mantener el crecimiento exponencial de las redes de telecomunicaciones interconectadas entre sí. 

El advenimiento de la conmutación automatizada fue gradual y permitió que los empleos de operadoras fuera más que compensado por otras funciones de mayor productividad y con una mayor remuneración, sobre todo durante y después de la Segunda Guerra Mundial, dadas las habilidades adquiridas.

Ahora la velocidad de la digitalización en todas las actividades económicas y en todo el contexto social no está siendo gradual. La frontera tecnológica se está expandiendo a mayor velocidad de lo que la población es capaz de ser incluida en ella y de aprovechar los beneficios de la misma.

Mientras los mismos columnistas de siempre se mantienen derramando tinta sobre índices de concentración, persistencia de la “preponderancia” y sobre la “decadencia en competencia”, tal discurso ya cae en el hartazgo por la monotonía del estancamiento discursivo dominado por una visión de túnel que se ha mantenido desde las primeras medidas asimétricas derivadas de la reforma en materia de telecomunicaciones del sexenio pasado.

Los “concentrafóbicos” sólo se limitan a señalar que falta regulación y que sólo hay barreras a la entrada y prácticas de exclusión a su alrededor. Pero nunca señalan que la inversión, la innovación, la eficiencia, las preferencias de los usuarios, la competencia a nivel global y la creciente automatización por la ubicuidad de los algoritmos conllevan un nivel de concentración que no podrá disminuir. Si un determinado nivel de tamaño relativo de ciertos competidores se mantiene, es debido a que es producto del desempeño de cada competidor en el mercado, y que a pesar de todo y de todos, se mantiene. 

Es indispensable que la anterior retórica sea sustituida por la argumentación propositiva ante el posible escenario que la frontera digital conlleve a nuevas formas de exclusión y de extracción de rentas en sectores de la población que se rezaguen respecto de la expansión de la frontera digital. Lo anterior por causa de un insuficiente capital humano, insuficiente inversión en infraestructura e instituciones inefectivas para incentivar la innovación y la inclusión de la población en un contexto social con múltiples interacciones educativas, laborales y de identificación institucional y social en un contexto digital.

Recientemente, The Economist publicó su índice de inclusión de Internet 2020, en el cual se incluyen 100 países que representan 91 por ciento de la población mundial y 96 del PIB global. En tal índice se señala que el crecimiento en la conectividad ha sido sustancial en países en desarrollo, creciendo 57.6 por ciento en América Latina y 74 por ciento en los países de la región del Sub-Sahara en África. México ocupa el lugar 51 del total y el quinto a nivel de Latinoamérica superador por Chile (13), Brasil (34), Argentina (41) y Colombia (44), pero se ubica en una posición superior al promedio de la región.

Fuente: https://theinclusiveinternet.eiu.com/.

Los reguladores no deben permitirse permanecer paralizados frente al cambio tecnológico, limitándose a ser observadores pasivos de la velocidad de expansión de la frontera digital en el globo, evitando caer en el llamado a permanecer como simples instrumentistas de aquellos que los consideran facilitadores de sus objetivos de presión regulatoria sobre sólo uno de sus competidores.

Al finalizar febrero, concluyó la etapa del IFT como regulador que consumó y agotó la imposición de todo el menú conocido y posible de regulaciones concebidas entre los años ochenta y la primera década de siglo XXI, imponiendo una sobre otra como mandatos sucesivos sobre un solo agente económico en tan sólo cinco años.  

La frontera digital está dejando atrás y como un hecho superado la convergencia digital de los servicios de información. Está dirigiéndose a la captura, almacenamiento y análisis del Big Data. Lo anterior facilitado por el advenimiento de 5G y de las redes de fibra con ubicuidad y capilaridad, dando lugar a la infraestructura requerida para los servicios digitales basados en Machine Learning (ML),[2] como una primera aproximación a la etapa de Inteligencia Artificial (AI).

Tales tecnologías son insaciables en el flujo de datos y en tiempo real su eficiencia y utilidad es mucho mayor. Actualmente, no es posible predecir la magnitud y las formas de la renta económica que serán creadas por la explosión de datos derivada del Internet de las Cosas y por la adopción de tecnologías 5G, así como la diferencia que podría existir entre el valor social de Big Data y su valor privado en el mercado.

Es preciso recordar que los datos tienen características económicas específicas: i) su uso es no rival, es decir, su aprovechamiento por algún agente económico no disminuye la oferta disponible para otros; ii) una vez que los datos “crudos” son compilados y procesados para dar origen a datos con un valor económico, éstos pueden ser utilizados sucesivamente a un costo nulo, y iii) el capital utilizado para recolectar los datos y procesarlos requiere de una inversión inicial irreversible que debe generar un retorno suficiente para cubrir su costo de oportunidad.

Nuevamente, surgirán los temas de acceso, interoperabilidad y la económicamente eficiente rentabilidad de la compilación y procesamiento de los datos. Por lo pronto, su externalidad negativa relevante sería el costo social en términos del valor de la privacidad.

Ante ello, los principios básicos de una economía de mercado seguirán siendo válidos en un entorno digital y en una economía basada en datos. Principios tales como propiedad, intercambio voluntario y pacta sunt servanda o cumplimiento de los contratos, son normas que permanecerán. Son reglas simples pero básicas para una economía, para lograr y mantener un mercado eficiente. Políticas o regulaciones que tratan de lograr una competencia efectiva vulnerando o dañando la propiedad de la inversión y su debido retorno, el intercambio voluntario de bienes y servicios y el cumplimiento de los contratos nunca han favorecido ni favorecerán un mercado libre y competitivo, así como tampoco permitirán la inclusión social en el dinamismo de la frontera digital.

Las bases normativas de un mercado, anteriormente señaladas, surgieron por un proceso evolutivo por siglos y siglos de tradiciones legales, que ahora podría denominarse como perfeccionadas por un proceso milenario semejante a un “aprendizaje recompensado”, en el cual un algoritmo usa información de ensayos sucesivos para evaluar una función de recompensa. Así, sólo sobreviven aquellas normas o códigos que maximizan la función anteriormente mencionada. Es lo mismo que ocurrió con la historia del derecho en occidente, que a través de la experiencia y el razonamiento seleccionó aquellas normas que fueron superiores respecto de otras que no lo fueron.[3]

Así será y deberá de ser el destino de la normatividad que surgió de un impulso regulatorio de corto plazo, escasamente razonado en la reforma de telecomunicaciones, y que requiere de una segunda generación o iteración para que al menos no sea un obstáculo a lo que requieren hacer los particulares para no rezagar al país respecto de la velocidad de la frontera de posibilidades digitales de producción y bienestar. Todo ello respecto de las oportunidades de inclusión de población como un todo y no sólo en segmentos, como a la fecha ha sido.


[1] Fuente: David Price, “Goodbye, operator” (2019).

[2] ML incluye una amplia variedad de algoritmos numéricos y estadísticos en el cual una computadora esta programada para aprender propiedades de los datos u de una función por determinarse en forma automática.

[3] Fernández Villaverde, J., “Simple Rules for a Complex World with Artificial Inteligence”, Febrero 2020.