Proceso Jorge Bravo

Todos los imperios requieren contrapesos y equilibrios y el digital no es la excepción. A diferencia de otras épocas, el imperialismo digital del siglo XXI es interdependiente porque es global. Lo domina Estados Unidos pero los países tienen derecho, oportunidad y sobre todo el deber de prosperar en el mundo interconectado de Internet. La nación (los gobiernos, las empresas, los negocios y las organizaciones) que no lo haga quedará rezagada y sus ciudadanos expuestos a una nueva desigualdad y pobreza que ahora es digital.

En 1966 Herbert Schiller desarrolló la teoría del imperialismo cultural que hacía referencia a los conglomerados mediáticos y sus contenidos. La hegemonía digital tiene sus propias modalidades, pero nadie quiere quedarse atrás en la transformación digital.

Como en su momento las grandes corporaciones mediáticas de EU, ahora diversas empresas digitales de rápido crecimiento se han convertido en protagonistas del espacio público, pero además invadieron el ámbito privado.

Como otrora los medios, ahora las plataformas y las redes sociales interfieren en la agenda de los gobiernos, pero además organizan las actividades cotidianas de las personas, la economía y la producción.

La diferencia radica en que los Disney, los Fox, los CNN, los NBC, los Time Warner y los principales medios de comunicación del imperialismo cultural nunca llegaron a tener una buena reputación por su mala influencia en las audiencias. Pero hoy los usuarios aman Netflix y Spotify, valoran la innovación de Uber, Airbnb o Waze, y los adolescentes están felices metidos en sus redes sociales, generando sus propios contenidos y compartiendos los de los demás.

Schiller decía que los conglomerados mediáticos del imperialismo cultural gringo acompañaban al individuo a lo largo de su vida. Pero nunca imaginó que el smartphone conectado a Internet no sólo sería un acompañante sino una extensión necesarísima de la cual desprendernos no es una opción.

Los papás de antes, los de la generación Baby Boomers, consumían, pero al mismo tiempo veían con resquemor el televisor y trataban de alejar a sus hijos de esa mala influencia y mala educadora.

La Internet no tiene esa mala fama: la generación que se formó en la TV a color sabe que sus hijos necesitan Internet para hacer las tareas. En periodos de crisis económica o sanitaria no es alternativa cancelar la suscripción de banda ancha. El imperialismo digital es atractivo y adictivo.

Nadie que ha experimentado mayor velocidad de Internet quiere perder ese beneficio. Nadie que ha abierto las ventanas de Internet quiere volver a encerrarse en la pantalla televisual.

Cuando decimos que todos los caminos llevan a Roma significa que ese imperio construyó los caminos para expandirse a todos los rincones del mundo conocido.

Sobre esas comunicaciones de antaño están desplegadas las infraestructuras de banda ancha del siglo XXI. El primer emperador digital fue Clinton con su supercarretera de la información; fue el presidente de la infraestructura y las redes. Obama lo aprovechó al máximo y sobre la supercarretera cada vez más veloz se subieron las plataformas y aplicaciones digitales con sus nuevos modelos de negocio que todos disfrutamos. Trump también es un emperador digital que quiere exponenciar la capacidad de las redes digitales con la nueva tecnología 5G, pero es agresivo y belicoso porque tiene a formidables competidores en China.

Trump trabaja en sentar las bases de 5G y quiere dominar los nuevos modelos de negocio que emanen en beneficio del imperio. Sus ataques frontales a China y sus empresas tecnológicas son la reacción de un sátrapa que no comprende la diferencia de los periodos anteriores. La digital es una era de colaboración y confianza. No busca avasallar sino compartir las tecnologías e innovación que desarrollan otras empresas para incorporarlas a las propias.

China cuenta con Alibaba, Tencent, Huawei y Didi para hacer frente al imperialismo digital con su propia visión. Ese país asiático cuenta con la masa crítica, la tecnología y el mercado más amplios para hacer de la economía de datos un laboratorio viviente y exitoso.

TikTok, la aplicación de videos generados por los usuarios, o Zoom, la app de videoconferencias que se consagró a partir de la emergencia sanitaria por covid-19, demuestran que el otro imperio digital, el chino, tiene capacidad para equilibrar y conquistar a los usuarios con servicios y aplicaciones innovadoras.

América Latina necesita líderes digitales que se den cuenta que ya no son sus materias primas lo que les genera recursos. Lo digital desarrolla riqueza a partir de la innovación, el conocimiento, la creatividad y la economía de datos.

El precio del petróleo a menos que cero debiera ser un golpe de realidad para los gobiernos que aún confían en sus materias primas no renovables como principal fuente de prosperidad. No todos los países tienen hidrocarburos, pero todos tienen innovación y creatividad, materia prima de la Sociedad de la Información. Lo que hace falta son las condiciones para que esa transformación digital se convierta en la nueva generadora de riqueza.

En América Latina y en México el equilibrio es muy escaso en comparación con los recursos del imperio digital del norte. La región cuenta con Clarovideo, Rappi, Mercado Libre o Despegar para competir. Pero enfrente están Google, Facebook, Amazon, Netflix, Apple, Microsoft, Uber y un sinfín de empresas de Internet.

Aprendamos del imperio. Coloquemos la infraestructura digital y conectemos a toda la población. Dejemos que la innovación prospere y que el Estado aporte recursos para incubar empresas, emprendimientos y nuevos modelos de negocio digitales.

Finalmente, adoptemos la tecnología inalámbrica 5G más avanzada pronto. Necesitamos los mariscales de campo que diseñen las políticas públicas y la regulación visionaria y flexible para lograrlo. Roma no se hizo en un día, pero se lanzó a la conquista que hoy es digital.

El autor de este artículo es presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi) Twitter: @beltmondi

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