En estos tiempos de eventos extremos, de poderosos huracanes y terremotos y ahora pandemias virales como la enfermedad Covid-19, resulta evidente que los sistemas de generación y distribución eléctrica del siglo 19 son inadecuados para atender las necesidades humanas en nuestro cambiante e impredecible planeta.

Los huracanes Irma, María y Dorián, entre otros, destruyeron la infraestructura de transmisión y distribución eléctrica en múltiples islas caribeñas; los postes, las líneas, el cableado. Y en mi país, Puerto Rico, la situación se agravó dramáticamente ante el sismo de intensidad 6.4 Richter del 7 de enero, el cual liquidó toda la generación eléctrica, incluidos importantes daños a la planta generatriz que suministra cerca de 25 por ciento de la electricidad. Para colmo de males, la actual crisis de coronavirus podría sumar dos picos: el de la temporada de huracanes y el de demanda eléctrica en el verano. Una tormenta perfecta.

La energía solar con almacenamiento es una respuesta energética cuyas características resultan óptimas para sobrevivir, vencer y paliar la ya casi constante crisis humanitaria que es nuestra nueva normalidad.

El objetivo imperativo y primordial es salvar vidas. Por ejemplo, sabemos que un número sustancial de las muertes registradas tras el huracán María se debió a la falta de energía para enseres básicos, como refrigeradores para alimentos y medicamentos. El golpe fue especialmente fuerte para las personas de mayor edad. Y el virus que ocasiona Covid-19 es particularmente peligroso para este mismo grupo demográfico.

Pensemos en un hospital o una égida afectada por el coronavirus novel, perdiendo su servicio eléctrico; complicadísimo, muy riesgoso. Digamos que, por suerte, el hospital o la égida cuenta con un generador de emergencia de gas o diésel. En ese caso, ninguno de los dos podrá operar ininterrumpidamente sin incumplir las normas de distanciamiento social aplicables, pues tendrán que físicamente procurar combustibles, buscarlos o recibirlos, exponiendo a residentes, trabajadores y a la sociedad general al virus. Y estos aparatos son altamente contaminantes, lo cual puede agravar un cuadro respiratorio delicado de algún paciente o residente.

La energía solar, no obstante, siempre está ahí; el sol es de todos, es gratis y sale todos los días.  La instalación de un sistema fotovoltaico en un techo con su dispositivo de almacenaje no requiere cercanía humana. En una nueva realidad en la cual tenemos que permanecer en nuestras casas por razones de seguridad y salud pública, no existe propuesta más lógica, económica y racional que autoproducir y autoconsumir nuestra energía. Es confiable, limpia, silenciosa, no requiere combustibles; es fácilmente configurable desde apps de teléfonos inteligentes y está disponible, ahora, para nuestra iluminación, refrigeración, el más-vital-que-nunca Internet y demás necesidades energéticas.

Además, la generación solar complementa de múltiples maneras la red en general: la energía localmente generada es distribuida sin pérdidas por distancias de transmisión y permite a las utilidades públicas manejar sus déficits de generación, disminuyendo los apagones para todos los demás abonados. Más aun, las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) hoy permiten que la gente comparta su energía coordinadamente, beneficiando la red pública y a la sociedad.

Desde Australia hasta Alemania, los sistemas solares de techo combinados con baterías, agregados y manejados unitariamente vía TIC y software ya están desplazando plantas de fuentes fósiles sucias. En Estados Unidos estas redes de intercambio de energía, también conocidas como “plantas virtuales de energía”, comienzan a implementarse desde Nueva Inglaterra a California y Hawái. Toda América Latina y el Caribe también pueden y deben adoptar estos modelos.

La electricidad local y renovable es una necesidad no un lujo. Protege en la normalidad y salva vidas en tiempos de crisis. Comprender este dato es fundamental para enfrentar nuestra nueva realidad. Cada vez que la naturaleza habla, la solución energética se torna más obvia: un sistema energético limpio y local, por la gente, para la gente. Tenemos que continuar construyéndolo, techo por techo, hogar por hogar, en todos nuestros países. No nos desviemos.

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