Una ciencia es tanto más útil cuanto más universalmente pueden comprenderse sus producciones; y, al contrario, lo serán menos en la medida en que éstas sean menos comunicables.

Leonardo Da Vinci

El pasado 8 de septiembre, Paola Ivanova, joven mexicana de 28 años, resultó ganadora del segundo concurso “Space4Youth” con un ensayo acerca de cómo la tecnología espacial puede ayudar en la conservación de la biodiversidad en México.

El concurso fue convocado por la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre (UNOOSA) y el Consejo Asesor de Space Generation (SGAC) y participaron alrededor de 400 jóvenes de 70 países.

La directora de UNOOSA, Simonetta Di Pippo, comentó que “a través de la competencia Space4Youth, UNOOSA está aprovechando el potencial de los jóvenes de todo el mundo para recopilar ideas sobre cómo aprovechar las oportunidades que brinda el espacio para abordar lo que el Secretario General de las Naciones Unidas llamó ‘el desafío definitivo de nuestra tiempo´: cambio climático”.[1]

Poco se entiende en México acerca de la importancia de la investigación científica, mucho menos de la investigación científica en materia espacial. De ello ha sido víctima en las redes sociales el Secretario de Relaciones Exteriores mexicano, Marcelo Ebrard, quien en su cuenta de Twitter publicó: “Firmamos compromiso con Argentina para crear la Agencia Espacial Latinoamericana y del Caribe (ALCE). Gratitud a Felipe Solá y al gobierno de Alberto Fernández, así como a todos los miembros de la CELAC. Construimos el futuro hoy desarrollando tecnología propia. ¡Buena noticia!”[2]

Las reacciones no se hicieron esperar. Al tweet del Secretario le siguieron innumerables burlas y chistes, muchos con fondo político, pero la mayoría denotando un profundo desconocimiento acerca de la relevancia de la investigación espacial y el desarrollo tecnológico que se genera a su alrededor.

En agosto pasado, en este mismo espacio, mencioné la impresionante constelación de cerca de 42 mil satélites de órbita baja que la empresa SpaceX, de Elon Musk, tiene planeado poner en operación. A la fecha han sido puestos en órbita un total de 775 satélites, lo que le permitirá a SpaceX proveer conexiones de Internet con velocidad de hasta 1 gigabit, con 20 ms de latencia y cobertura en la totalidad de la superficie habitada de la tierra.

El impacto positivo que tendrá la constelación satelital de SpaceX en el esfuerzo de llevar conectividad a todos los habitantes del planeta es innegable, como innegable es que el desarrollo tecnológico es un producto natural de la investigación científica: sin investigación científica, no hay desarrollo tecnológico.

En México existen alrededor de 27 instituciones que conforman el Sistema de Centros Públicos de Investigación del Conacyt, la mayoría de ellos dentro de centros de educación superior. La vinculación entre los centros de investigación y las industrias productivas es realmente baja y se requiere de un enorme esfuerzo para conectar la investigación científica con la planta productiva por medio del desarrollo tecnológico.

Desafortunadamente, las señales que son enviadas constantemente por el gobierno mexicano son contradictorias y, en su mayoría, desalentadoras cuando se trata de ciencia y desarrollo tecnológico.

La semana pasada fuimos testigos de la desaparición de diversos fideicomisos, entre los que se encontraban varios dedicados al apoyo de la investigación científica en México, al tiempo en que nuestro Secretario de Relaciones Exteriores anunciaba el acuerdo firmado con Argentina para impulsar la creación de la Agencia Espacial Latinoamericana y del Caribe.

El investigador y profesor Maximino Aldana ha señalado que “(s)on muchos los problemas que enfrentan los científicos mexicanos para hacer ciencia. Sin embargo, estos problemas se pueden agrupar en dos grandes categorías que son las principales problemáticas para el desarrollo científico en México: la falta de inversión en ciencia y la inexistencia de una cultura científica”.[3]

Hemos mencionado en múltiples ocasiones la total ausencia de políticas públicas en materia de conectividad y transformación digital. También hemos dicho que dichas políticas deben contemplar, entre otras cosas, la apropiación tecnológica necesaria para seguir formando capital humano capaz de generar desarrollo tecnológico.

El caso de la joven mexicana Paola Ivanova es tan sólo un ejemplo de entre los miles que existen a lo largo y ancho del país. Tenemos capital humano joven y entusiasta; necesitamos que nuestros jóvenes talentosos encuentren su lugar en México, no en el extranjero. Más aún, necesitamos formar año con año los nuevos talentos, fomentar su interés por la ciencia y potenciar su interés por desarrollar tecnología de impacto social.

Sin embargo, estamos en medio de un desafortunado escenario. Y es muy desafortunado para un país como México que tiene un capital humano de primera, la mayor cantidad de tratados de libre comercio y una posición geopolítica envidiable.

Por ello, es indispensable insistir que la ciencia y la tecnología son un pilar fundamental y que la transformación digital tiene que acompañarse de la investigación científica para generar desarrollo. De no suceder así, en la nueva economía digital corremos el riesgo de convertirnos, de nuevo, en mano de obra barata, pero ahora, tal vez, bajo una nueva denominación: “neurona de obra barata”. En fin…

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