El esfuerzo que realizarán en conjunto cuatro televisoras del país y la Secretaría de Educación Pública para llevar contenido “educativo” a más de 92 por ciento de los hogares en México pareciera ser un acto loable, si se considera que los costos para TV Azteca, Imagen Televisión, Multimedios y Televisa podrían superar los 450 millones de pesos que les pagará el gobierno por transmitir sus contenidos y que el material educativo va a ser simplemente eso, educativo.

Quiero pensar que por el ejercicio de razón que seguramente condujo el secretario Moctezuma antes de la decisión del 3 de agosto, pasaron diversas ideas para mantener la continuidad en la educación de l@s niñ@s y jóvenes del país durante el aislamiento sanitario. 

Sin embargo, la realidad del país obliga, tristemente, a que sea una y sólo una la opción para difundir el mensaje del gobierno de manera simultánea y uniforme: la radiodifusión; que en este escenario particular es el medio que se lleva todos los puntos gracias a la facilidad y velocidad de implementación de canales multiplexados o sub-canales que ofrece la tecnología de Televisión Digital Terrestre (TDT) y a la accesibilidad de la población a ésta. 

Por diversas circunstancias, llámales políticas públicas mal aplicadas o inexistentes; condiciones de mercado y competencia; escenarios financieros y de retorno de inversión; aversión a los programas del gobierno anterior (Red Troncal de EPN) y su consecuente cancelación; corrupción, macroeconomía, pobreza o como le quieras llamar; en México hoy no existen los elementos que permitan llevar el material educativo a toda la población de forma confiable y continua a través de medios digitales distintos a la TDT. 

No es posible hacerlo por medios inalámbricos como las redes LTE, 4.5 G o satelitales, ni por medios cableados como la fibra óptica, el cable coaxial o incluso el par de cobre; tampoco existen puntos de acceso públicos, gubernamentales ni privados suficientes; simplemente, hoy no es posible porque el mensaje del gobierno no sería difundido de forma simultánea ni uniforme entre quienes tienen acceso a conectividad y tecnologías digitales y quienes no lo tienen. 

Únicamente, 56.4 por ciento de los hogares tiene acceso a Internet, incluso, tan sólo 44.3 por ciento tiene computadora; en comparación con 92.5 por ciento que tiene al menos una tele, y cuyos habitantes no podrán interactuar con los mensajes que reciben ni expresar su opinión o debatir a quien los transmite.

Estoy convencido de que la educación, en cualquiera de sus niveles o formas de presentación, debe de ser bidireccional; si bien no se requiere ni es indispensable una interacción física, o en el mejor de los casos, en tiempo real, considero que sí es esencial tener comunicación y retroalimentación fluida y constante entre maestr@ y alumn@. 

En cambio, a la presentación de información continua, en una sola dirección y en un ambiente donde el receptor no es capaz de hacer llegar de forma expedita su reacción al emisor, me dan ganas de llamarle adoctrinamiento. Adoctrinar, según la Real Academia Española es “inculcar a alguien determinadas ideas o creencias”. 

Ojalá que el aparato gubernamental no sucumba a la enorme tentación de tener a sus cerca de 30 millones de alumn@s -y un@ que otr@ colad@- cautiv@s frente a una tele, simultáneamente, para difundir y tratar de permear en ell@s, por menores que sean, un “conjunto de ideas u opiniones filosóficas o políticas, sustentadas por una persona o grupo” y se enfoque única y puramente a la educación objetiva y sin sesgos de l@s tele-estudiantes.

En tal sentido, si en realidad la prioridad del Presidente es el bienestar del pueblo, debería enfocar el poco o mucho presupuesto del que dispone hacia las nuevas generaciones, dirigirlo a los niñ@s y a su futuro en lugar de gastarlo en programas clientelares que únicamente le dan la ilusión de ganar adeptos y votos mas no generarán ningún beneficio para el futuro de México -pero pareciera que la visión de Manuel es que el único beneficio para el futuro del país es él mismo. 

Es urgente, pero no es una nueva necesidad, que el Estado invierta, promueva y fomente la inversión en conectividad, en capilaridad de las redes de acceso, que diseñe programas de apoyo para pequeños proveedores de servicios digitales en localidades remotas que no resultan rentables o atractivas para los grandes operadores. 

Se debe diseñar una política hoy, que garantice que dentro de 20 ó 30 años todos los habitantes del país tengan acceso asequible, continuo y confiable a medios digitales, o lo que en ese entonces impere. Sigamos el ejemplo de Corea del Sur que en la década de 1970 era uno de los países más pobres del orbe y cuyos índices de pobreza estaban mucho peor que los de México. Actualmente, con 99 por ciento de hogares con acceso a Internet, es catalogado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones como el segundo país más y mejor conectado del mundo, y eso porque lo desplazó Islandia del primer lugar. Por cierto, México ocupa el lugar 87 de los 176 que figuran en tal clasificación.

Nunca es tarde para corregir el rumbo y aunque es evidente que el diseño e implementación de una política pública robusta y sustentable que en efecto acerque la conectividad a la mayor parte de la población no resolverá el problema inmediato, también es evidente que garantizar el acceso a medios digitales en el mediano y largo plazo definitivamente generará un sinnúmero de beneficios para el futuro de México; en lo social, en lo económico, en la educación, en la salud, en todo. Y además evitará que una circunstancia de emergencia, como el brote de Covid-19, vuelva a sorprender al gobierno con los dedos en la puerta, por lo menos, en materia de acceso a la educación.

El Presidente debe hacer lo que ningún otro presidente de México ha logrado o ha querido lograr: debe educar a la población; y en la actualidad eso se puede lograr sólo con el apoyo de los medios digitales. Los elementos ahí están, solamente hay que acomodarlos y saber aprovecharlos para el bien de México.

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