Manipulación y tecnología: un proceso inconsciente del que difícilmente puedes escapar

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¿Se han preguntado qué tanto pueden ser influidos por otras personas, organizaciones o incluso por objetos? La primera respuesta será pensar en niveles bajos, incluso haya quien afirme con un rotundo no.

Esta reflexión se originó cuando escuché la frase “si no estás pagando por el uso de algo, entonces tú te conviertes en el usado”.

Curiosamente, nuestros procesos de toma de decisiones están altamente manipulados –inconscientemente- por la información a la cual nos exponemos. Si analizamos la fuente de donde viene el gran porcentaje de información que consumimos en la actualidad, seguramente la mayoría coincida que es de las herramientas tecnológicas.

Lo alarmante es que este consumo cada vez mayor está permeando en procesos neuronales. Con ello incide fuertemente en el aprendizaje, en el reforzamiento de conductas, estimulación de necesidades que cubrir, patrones de consumo, toma de decisiones y, si somos más específicos, hasta adquisición de gustos e intereses.

Al día de hoy 97 por ciento de los consumidores digitales han utilizado las redes sociales en el último mes, 84 por ciento de las personas que cuentan con acceso a Internet usan redes sociales. Lo que representa 3.8 mil millones. América Central y Asia Oriental tienen la mayor saturación de redes sociales, con 84 por ciento cada una.[1] En época de pandemia los horarios de uso se han modificado y ahora prácticamente 64 por ciento pasa todo el día conectado.

Esto último es hasta cierto punto comprensible, puesto que con las medidas de distanciamiento social nos obligaron a aislarnos en una burbuja gobernada por la tecnología.

Partamos que todo el avance tecnológico ha contribuido en varias esferas, incluidas la ciencia, la educación, entre otras. Y ha sido un elemento clave para que parte importante de las actividades se hayan mantenido en activo gracias a su uso. Por mencionar un ejemplo, está el home-office que ya hemos hablado en anteriores notas.

Pero si nos centramos en las redes sociales, lo interesante es que éstas son algo más que una estructura en una plataforma digital compuesta por un conjunto de usuarios relacionados con algún criterio en común.

Al descubrir al poco tiempo después de su lanzamiento el poder que tienen para retenerte, para que regreses con mayor frecuencia, para que te condicionen en estar buscando reforzadores (likes) y para que termines consumiendo o influyendo sobre tus comportamientos, se han vuelto un “arma de dos filos”.

Si les resulta difícil de creer esto, y a manera de ejercicio, pueden identificar a una persona cercana o en uno mismo, ¿cuántas veces al día entran a revisar sus redes sociales?, ¿cuántas veces atienden las notificaciones que llegan de ellas?, ¿qué es lo que más miran cuando acceden?, ¿qué tipo de reacción evoca en uno ciertas fotos, noticias, comentarios?, ¿han tenido algún conflicto derivado de un intercambio comunicacional en estas redes?, ¿sobre qué tema fue (laboral, político, interpretaciones distintas de la información, etc)?

Siguiendo con los cuestionamientos, ¿se han visto sorprendidos en algún momento que están en su red social favorita y aparece como por extrema coincidencia, algo o alguien que tenían en mente? Por ejemplo, ese día estaban pensando en comprar un purificador de agua, y cuando entran a su red social les aparece el anuncio de un purificador y un botón para ir a la publicidad de la marca, que por cierto, cada vez es más frecuente que la gente termine por dar click.

Esta “magia” está justificada por una serie de algoritmos que los programadores han logrado desarrollar para que estas herramientas tecnológicas se hayan posicionado con tanto éxito. Se basan en el entendimiento de cómo funciona el cerebro humano. Dependiendo del perfil conductual que cada usuario va generando, conformado por variables como el tiempo que pasa, las páginas que consulta, las interacciones que hace, los lugares que visita, las marcas que sigue, las fotos que sube, etcétera, se generan modelos de predicción de lo que la persona podrá hacer y, mejor aún, podrá consumir en las siguientes horas.

Esos modelos de predicción tienen un alto precio que grandes marcas están dispuestas a pagar. Dinero que sale a final de cuentas de los bolsillos de los usuarios.

Si mi texto hasta estás líneas no ha generado algún tipo de ejemplo cotidiano, es momento de recordar cómo se generó un cambio en los hábitos de consumo durante esta pandemia, cuando la gente corrió a los centros comerciales a compran en exceso paquetes de papel higiénico derivado de un ejercicio de persuasión que se salió de control.

Lo más dramático es que no son hechos aislados estos movimientos que se producen en la gente por lo que lee en sus redes sociales, pasa todo el tiempo, y van en incremento por esta dependencia que se genera y los efectos de recompensa que recibimos a corto plazo, que les otorgamos un valor y los sentimos reales (p. ej. sentirte popular y alimentar tu autoestima por el número de likes que obtienes con tus fotos), indiscutiblemente aplica para todos y en todas las edades.

Una vez que eso pasa, el cerebro busca repetir la conducta que produjo alguna consecuencia positiva y placentera, por lo que esas dosis de dopamina, tan útiles en épocas de crisis, se van buscando hasta conseguirlas. Es decir, lo que empezó con una foto se convierte en compartir infinidad de momentos personales para subir el número de seguidores, de comentarios, de una superficial aceptación con algunos grupos de tu interés.

Siendo así, si una persona modifica su conducta derivado de la fuerza externa que ejerce algún ente, y está se traduce en un impacto negativo, estamos entendiendo a esto como un tipo de influencia negativa.

Si bien, como lo he indicado en múltiples medios de comunicación, no está científicamente aceptado hablar de una adicción a las tecnologías; sin embargo, la evidencia empírica de los estudios que hemos realizado nos lleva a hablar de una dependencia, haciéndonos referencia a una adicción conductual con ciertas características similares a cuando alguien es adicto a sustancias. En ese sentido, para efectos didácticos, usaremos el término con la debida aclaración.

En ese entendido, podemos indicar que millones de usuarios son dependientes a sus dispositivos electrónicos. Prácticamente, ocho de cada diez los usan, entre otras cosas, para revisar sus redes sociales.

Pareciera que toda conducta en exceso traerá consecuencias que dañan la salud, y en el ámbito que he investigado, efectivamente hay un impacto en la salud mental de los internautas.

Enfocándome en la época actual, las personas presentan mayor miedo por obvias razones, esto se asocia con miedo a perder su empleo, miedo a que algún familiar se contagie del virus, entre otros ejemplos. Dicho miedo ha sido relacionado significativamente en las investigaciones que se han corrido en estos meses del año, donde a mayor uso de redes sociales, mayores indicadores de miedo, ansiedad y depresión. A mayor consumo de redes sociales, menor capacidad de discriminación de fake news.

Desinformar también es una forma de ganar dinero, aun cuando haya un impacto en la salud mental de quienes consumen esas notas. Sin abundar en los diversos conflictos que desencadena.

Sabemos que una pandemia sanitaria trae como consecuencia una pandemia en salud mental. Las prevalencias de los distintos trastornos irán en aumento; sin embargo, aún no tenemos políticas públicas que vayan regulando de alguna forma, o educando a las comunidades de los peligros derivados de un uso irresponsable de estas herramientas.

Lo anterior alimenta una discusión de los beneficios y peligros de continuar en este camino digital…


[1] www.globalwebindex.com.

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