Que la digitalización no erosione más derechos

La evidente cara oscura de la era digital ha crecido hasta ser una amenaza, pero hay un enemigo mayor: la inhibición de la ciudadanía. Enderecemos qué significa ser humano en el mundo que estamos inaugurando

116

El País- Enrique Goñi

La digitalización de la información, de la política y de la geopolítica ha trastocado nuestra relación con la verdad, con el concepto de soberanía e incluso con el imperio de la ley. Uno de los escasos consensos que nuestra época está produciendo es que, si no fundamos el nuevo pacto social digital desde la perspectiva de la defensa de las libertades y el Estado de derecho, la digitalización significará indefectiblemente una erosión aún mayor del modelo democrático occidental. La cuestión es cómo y por dónde empezar. Y para eso, como los soldados que llegan al campo de batalla, conviene responder, por este orden, tres preguntas: dónde estamos, dónde están los nuestros y dónde están nuestros enemigos.

Empecemos por el nosotros. En España acabamos de proclamar una Carta de Derechos Digitales pionera en el mundo. Con toda Europa volcada en la recuperación, la adopción y presentación de la Carta significa que la digitalización se funda en un marco de derechos, y se entiende como un proceso de ampliación y profundización del marco constitucional en un nuevo espacio. La Carta significa la afirmación sin ambages de un principio universal sin cuya aplicación la transformación digital se disociaría tarde o temprano del desarrollo social y democrático: todas las personas poseen idénticos derechos en el entorno digital y en el analógico.

¿Dónde están los nuestros? La UE está en un esfuerzo sin precedentes para asegurar la soberanía tecnológica del continente y definir el espacio digital europeo como un territorio de decencia democrática. El horizonte: unirnos al mundo anglosajón e Iberoamérica y crear un gran espacio digital basado en derechos ciudadanos.

¿Dónde están los enemigos? Hace tres años, los sistemas de crédito social nos parecían ciencia ficción. Estos sistemas puntúan y castigan a los ciudadanos en función de sus comportamientos cotidianos, seguidos obsesivamente por un mar de cámaras analizadas por una inteligencia artificial (IA). Un gesto adusto cuando el sistema no lo considera oportuno puede significar perder la libertad de movimientos, el empleo o verse sometidos a programas de reeducación. Es la columna vertebral de un nuevo tipo de totalitarismo que se testó masivamente en Xinjiang, China, que se está expandiendo por Asia Central y que comienza a comercializarse en África.

Pensemos por un momento en las posibilidades de paz en un mundo en el que la mitad de la población vive condicionada por este nuevo tipo de regímenes autoritarios y automatizados. No es que el fantasma de la guerra vuelva solo como una sombra difusa en el horizonte. Hace tiempo que el espacio digital vive en guerra permanente. Ciberasaltos, ataques contra infraestructuras básicas, espionaje industrial, secuestro de información empresarial… En un siniestro movimiento en dos tiempos, algunos grandes Estados han adoptado herramientas del cibercrimen para hostigar a sus rivales y la cibercriminalidad ha crecido hasta convertirse en una amenaza de Estado.

Pero no pensemos que todos los enemigos de la libertad y los derechos digitales son externos. Cada día aparecen nuevas evidencias del peligro que supone la falta de una regulación específica para las grandes plataformas que usamos cotidianamente. El Senado de EE UU o las instituciones europeas se esfuerzan por regular unos algoritmos que son generados por máquinas y que son cada vez más difíciles de auditar, pero cuya lógica, parece claro ya, incentiva en no pocos casos la crispación y la violencia, la desinformación y distintas formas de discriminación. Solo ahora empezamos a entender el carácter adictivo de ciertas redes sociales sobre los adolescentes y los efectos destructivos que pueden tener en su salud mental. Solo ahora empezamos a descubrir que la proliferación del black marketing y las campañas de descrédito de competidores se han convertido en habituales.

El enemigo mayor

El Pacto Verde Europeo y la digitalización, unidos, suponen una transformación consciente y radical de nuestra civilización. Radical porque en conjunto ambos procesos cambiarán las bases mismas de la experiencia humana, de lo que significa ser humano en el mundo que estamos inaugurando, y definirán el mundo que las generaciones presentes dejaremos a las venideras. Pero si bien el legado que esperamos de la Transición Ecológica está claro y es deseado por la ciudadanía, el de la Transición Digital está en el aire.

La digitalización de la comunicación cambió nuestra relación con el conocimiento y las formas de socialización, pero también ha desgastado dolorosamente la confianza en los sistemas democráticos; la digitalización del trabajo y de los procesos productivos está cambiando los fundamentos de nuestra economía, pero es difícil no desconfiar de un proceso que, de no ser regulado, podría convertir cada servicio en la Red en un sumidero de nuestra intimidad y cada empresa en un pequeño Xinjiang. Pero la desconfianza pasiva no aporta. Toda esa cara oscura de la digitalización ha crecido hasta ser una amenaza porque hay un enemigo mayor: la inhibición de la ciudadanía. Si queremos una digitalización basada en derechos y libertades, una digitalización que no solo aporte a nuestra competitividad, sino a nuestro bienestar y salud democrática, necesitamos una ciudadanía consciente de sus derechos digitales y comprometida en su defensa. Cada uno tenemos tareas pendientes. Desde los padres, que tenemos que aprender a apoyar a nuestros hijos ante el acoso digital, hasta las pymes, que tienen que empezar a pensar en los efectos sociales de sus decisiones digitales. No todo es dramático, pero todo es importante. Puede ilustrarlo el ejemplo de la carrera de la inteligencia artificial. Está liderada a nivel mundial por EE UU y China, por lo que sus respectivos idiomas son utilizados de forma prioritaria para el entrenamiento de los algoritmos. Se estima que, por su parte, el español representa menos del 30% del mercado mundial de las tecnologías de procesamiento de lenguaje natural.

Hoy puede sonar extraño que dentro de 10 años vayamos a leer la prensa con ayuda de una IA. Pero lo haremos. La lectura de medios articula un mundo de estilos de vida y buena parte de las tendencias culturales. Está comprobado el sesgo de las IA comerciales que están dedicadas a esta tarea. Según un estudio del Instituto Hermes, sistemáticamente priman la cobertura de medios anglófonos sobre noticias españolas e iberoamericanas. Una anécdota. Hace unos días, cuando preparaba un texto para explicar las consecuencias ante una audiencia anglófona con ayuda de una IA de traducción, comencé: “Si no compensamos este sesgo con un esfuerzo de inteligencia artificial en español, todos los países iberoamericanos perderemos una parte sustancial de…”. Y la IA completó por su cuenta: “… las industrias culturales y de la información”.

La digitalización de la información, de la política y de la geopolítica ha trastocado nuestra relación con la verdad, con el concepto de soberanía e incluso con el imperio de la ley. Uno de los escasos consensos que nuestra época está produciendo es que, si no fundamos el nuevo pacto social digital desde la perspectiva de la defensa de las libertades y el Estado de derecho, la digitalización significará indefectiblemente una erosión aún mayor del modelo democrático occidental. La cuestión es cómo y por dónde empezar. Y para eso, como los soldados que llegan al campo de batalla, conviene responder, por este orden, tres preguntas: dónde estamos, dónde están los nuestros y dónde están nuestros enemigos.

Empecemos por el nosotros. En España acabamos de proclamar una Carta de Derechos Digitales pionera en el mundo. Con toda Europa volcada en la recuperación, la adopción y presentación de la Carta significa que la digitalización se funda en un marco de derechos, y se entiende como un proceso de ampliación y profundización del marco constitucional en un nuevo espacio. La Carta significa la afirmación sin ambages de un principio universal sin cuya aplicación la transformación digital se disociaría tarde o temprano del desarrollo social y democrático: todas las personas poseen idénticos derechos en el entorno digital y en el analógico.

¿Dónde están los nuestros? La UE está en un esfuerzo sin precedentes para asegurar la soberanía tecnológica del continente y definir el espacio digital europeo como un territorio de decencia democrática. El horizonte: unirnos al mundo anglosajón e Iberoamérica y crear un gran espacio digital basado en derechos ciudadanos.

¿Dónde están los enemigos? Hace tres años, los sistemas de crédito social nos parecían ciencia ficción. Estos sistemas puntúan y castigan a los ciudadanos en función de sus comportamientos cotidianos, seguidos obsesivamente por un mar de cámaras analizadas por una inteligencia artificial (IA). Un gesto adusto cuando el sistema no lo considera oportuno puede significar perder la libertad de movimientos, el empleo o verse sometidos a programas de reeducación. Es la columna vertebral de un nuevo tipo de totalitarismo que se testó masivamente en Xinjiang, China, que se está expandiendo por Asia Central y que comienza a comercializarse en África.Si quieres apoyar la elaboración de noticias como esta, suscríbete a EL PAÍSSUSCRÍBETE

Pensemos por un momento en las posibilidades de paz en un mundo en el que la mitad de la población vive condicionada por este nuevo tipo de regímenes autoritarios y automatizados. No es que el fantasma de la guerra vuelva solo como una sombra difusa en el horizonte. Hace tiempo que el espacio digital vive en guerra permanente. Ciberasaltos, ataques contra infraestructuras básicas, espionaje industrial, secuestro de información empresarial… En un siniestro movimiento en dos tiempos, algunos grandes Estados han adoptado herramientas del cibercrimen para hostigar a sus rivales y la cibercriminalidad ha crecido hasta convertirse en una amenaza de Estado.

Pero no pensemos que todos los enemigos de la libertad y los derechos digitales son externos. Cada día aparecen nuevas evidencias del peligro que supone la falta de una regulación específica para las grandes plataformas que usamos cotidianamente. El Senado de EE UU o las instituciones europeas se esfuerzan por regular unos algoritmos que son generados por máquinas y que son cada vez más difíciles de auditar, pero cuya lógica, parece claro ya, incentiva en no pocos casos la crispación y la violencia, la desinformación y distintas formas de discriminación. Solo ahora empezamos a entender el carácter adictivo de ciertas redes sociales sobre los adolescentes y los efectos destructivos que pueden tener en su salud mental. Solo ahora empezamos a descubrir que la proliferación del black marketing y las campañas de descrédito de competidores se han convertido en habituales.

El enemigo mayor

El Pacto Verde Europeo y la digitalización, unidos, suponen una transformación consciente y radical de nuestra civilización. Radical porque en conjunto ambos procesos cambiarán las bases mismas de la experiencia humana, de lo que significa ser humano en el mundo que estamos inaugurando, y definirán el mundo que las generaciones presentes dejaremos a las venideras. Pero si bien el legado que esperamos de la Transición Ecológica está claro y es deseado por la ciudadanía, el de la Transición Digital está en el aire.

La digitalización de la comunicación cambió nuestra relación con el conocimiento y las formas de socialización, pero también ha desgastado dolorosamente la confianza en los sistemas democráticos; la digitalización del trabajo y de los procesos productivos está cambiando los fundamentos de nuestra economía, pero es difícil no desconfiar de un proceso que, de no ser regulado, podría convertir cada servicio en la Red en un sumidero de nuestra intimidad y cada empresa en un pequeño Xinjiang. Pero la desconfianza pasiva no aporta. Toda esa cara oscura de la digitalización ha crecido hasta ser una amenaza porque hay un enemigo mayor: la inhibición de la ciudadanía. Si queremos una digitalización basada en derechos y libertades, una digitalización que no solo aporte a nuestra competitividad, sino a nuestro bienestar y salud democrática, necesitamos una ciudadanía consciente de sus derechos digitales y comprometida en su defensa. Cada uno tenemos tareas pendientes. Desde los padres, que tenemos que aprender a apoyar a nuestros hijos ante el acoso digital, hasta las pymes, que tienen que empezar a pensar en los efectos sociales de sus decisiones digitales. No todo es dramático, pero todo es importante. Puede ilustrarlo el ejemplo de la carrera de la inteligencia artificial. Está liderada a nivel mundial por EE UU y China, por lo que sus respectivos idiomas son utilizados de forma prioritaria para el entrenamiento de los algoritmos. Se estima que, por su parte, el español representa menos del 30% del mercado mundial de las tecnologías de procesamiento de lenguaje natural.

Hoy puede sonar extraño que dentro de 10 años vayamos a leer la prensa con ayuda de una IA. Pero lo haremos. La lectura de medios articula un mundo de estilos de vida y buena parte de las tendencias culturales. Está comprobado el sesgo de las IA comerciales que están dedicadas a esta tarea. Según un estudio del Instituto Hermes, sistemáticamente priman la cobertura de medios anglófonos sobre noticias españolas e iberoamericanas. Una anécdota. Hace unos días, cuando preparaba un texto para explicar las consecuencias ante una audiencia anglófona con ayuda de una IA de traducción, comencé: “Si no compensamos este sesgo con un esfuerzo de inteligencia artificial en español, todos los países iberoamericanos perderemos una parte sustancial de…”. Y la IA completó por su cuenta: “… las industrias culturales y de la información”.