¿Y quién quiere hablar sobre infraestructura pasiva?

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Se ha hablado hasta el cansancio (y con razón) sobre la importancia de la conectividad y servicios digitales en esta pandemia. Por si quedara alguna duda, organismos internacionales como la Unión Internacional de Telecomunicaciones; reguladores y responsables de políticas en el sector de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC); instituciones financieras enfocadas en el desarrollo y la sociedad misma, han reconocido el papel tan valioso que estos servicios desempeñan, máxime en tiempos de una crisis de salud como la que aún nos flagela.

Sin embargo, me llama la atención que en estas manifestaciones de reconocimiento, así como en las políticas públicas que en consecuencia se han tomado para apoyar el funcionamiento de las TIC, hay un componente esencial -una parte constitutiva del ecosistema- que permanece en el anonimato y está ausente de las medidas que se han tomado para fortalecer el sector. Me refiero a la infraestructura pasiva de telecomunicaciones, es decir, aquella infraestructura de apoyo por medios aéreos, terrestres o subterráneos compuesta por torres, mástiles, postes, ductos y el lugar físico donde éstos se encuentran. Los elementos pasivos de una red no transportan señales de comunicación y son distintos a los elementos electrónicos de una red de telecomunicaciones, por ejemplo, las antenas y radio bases.

Importancia de la infraestructura pasiva

La infraestructura pasiva es la base de la conectividad de las redes móviles donde se establecen y apuntalan las partes activas de una red. Los operadores móviles (OMs) pagan por el acceso a y uso de esta infraestructura donde colocan su propio equipo de red para proporcionar servicios a empresas y consumidores. En otras palabras y simplificando, las empresas móviles rentan espacio en una torre para sus antenas, radios y demás equipos activos.

Para generar máximos beneficios, la infraestructura pasiva puede ser compartida, es decir, alquilada a varios OMs que fungen como inquilinos y cuyas antenas y radios comparten el espacio físico de una torre.

Este modelo de negocio conocido como co-ubicación (colocation en inglés) resulta eficiente para los OMs, pues no incurren en los costos de capital y operación que, de otra forma, incurrirían al construir y mantener varios sitios de infraestructura pasiva ellos mismos. A su vez, los OMs pueden reflejar estas eficiencias en los precios minoristas para consumidores y empresas. Asimismo, se liberan recursos para expandir la cobertura de redes móviles, especialmente en áreas rurales o mercados marginales.

Otro factor de relevancia es el de competencia que se incentiva al tener un proveedor externo de servicios o “anfitrión neutral” no afiliado a un OM, que tiene incentivos comerciales para dar acceso a su infraestructura pasiva en condiciones no discriminatorias a diversos OMs. Este modelo significa menores barreras a la entrada, especialmente para nuevos entrantes o aquellos operadores cuya cuota de mercado es aún baja y que tendrían acceso a los elementos pasivos de la red en condiciones de mercado justas.

La historia que no se ha contado

El rol de la infraestructura pasiva en el ecosistema de conectividad y servicios digitales carece de reconocimiento por parte de los propios consumidores y, en algunos casos, de las autoridades regulatorias y de gobiernos locales. Esto se explica en parte por la falta de conocimiento que aún se tiene sobre su forma de operación y beneficios; también se explica porque los proveedores de esta infraestructura son en varios casos sujetos no regulados.

Por último, pero no menos importante, es una cuestión de óptica, incluso marketing, una historia que no se cuenta fácil: ¿cómo se le hace para que el concepto de “infraestructura pasiva” sea atractivo? ¿Qué rol tiene una torre de telecomunicaciones en la tan anhelada transformación digital?

Como muestra de esta falta de atención sobre este importante eslabón de la cadena de valor del mercado de las TIC, podemos notar que, en gran medida, las respuestas regulatorias y de política pública ante la Covid-19 en todo el mundo (siendo América Latina hasta cierto punto una excepción), así como las recomendaciones de organismos internacionales, poco o nada capturaron las acciones necesarias para asegurar el correcto funcionamiento de la infraestructura pasiva. En su gran mayoría se enfocaron a los elementos activos de una red. Un ejemplo fue facilitar autorizaciones temporales para el uso del espectro radioeléctrico, pero no facilitar el despliegue de fibra óptica o de torres.

Lo anterior destaca la importancia de que los gobiernos y la industria entablen un diálogo con el fin de identificar medidas específicas para proteger y respaldar la infraestructura pasiva de telecomunicaciones en tiempos de emergencia y crisis, así como en las secuelas que éstas dejan.

En particular, estamos hablando de la adopción de marcos regulatorios ágiles y flexibles para el otorgamiento de autorizaciones para construir nueva infraestructura pasiva. Asimismo, es fundamental implementar mecanismos para mejorar la coordinación entre gobierno federal y los gobiernos locales, quienes a menudo son cuellos de botella en el despliegue de infraestructura, incluso en tiempos de emergencia.

En conclusión, es importante hablar más sobre la infraestructura pasiva. Incorporar este elemento al diálogo de política del sector con mayor intencionalidad de lo que hasta hoy se ha hecho, entender que esta infraestructura constituye el cimiento del ecosistema digital. Finalmente se requiere identificar acciones que, desde los gobiernos y la industria, se pueden coordinar para fortalecerla, siempre en beneficio del consumidor.

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